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¿Quién fue San Nicolás de Tolentino? El santo patrono de Villa Jiménez

A mediados del siglo XIII en un pueblo llamado Sant’ Angelo in Pontano, localizado en el centro de Italia, nace en modesta familia San Nicolás de Tolentino.

Su nombre se deriva de los vocablos “Nico” que significa Victorioso y “Laos” que significa Pueblo; es decir Victorioso con el Pueblo, y Tolentino fue un sobrenombre que adoptó al identificarlo con la ciudad italiana donde trabajó y murió.

Su madre se llamaba Amada y su padre Compagnone (que significa compañero), ambos fueron buenos cristianos, de fe sencilla, muy dados a las prácticas de oración y caridad, y con un ferviente deseo de procrear un hijo. Sin embargo los años fueron corriendo sin que engendraran ningún niño, y su gran anhelo los llevó a encomendarse fervientemente a San Nicolás de Bari e ir de peregrinación hasta el extremo sur de Italia donde se encontraba su santuario para hacerle la promesa de consagrar a Dios el hijo que tanto deseaban.

Pronto tuvieron un niño, que atribuyeron a la intercesión del Santo, por lo que le pusieron por nombre Nicolás, el cual nació en el año de 1245. Fue un niño formal y piadoso con un sentido de solidaridad con los más necesitados; y fue su temperamento dulce y profundo, su tierno amor hacia los pobres, lo mismo que el ambiente familiar donde se desarrollaba, lo que lo empujó desde temprana edad al convento entrando como oblato a la edad de doce años. Por aquel entonces, quien quisiera estudiar más tenía que ingresar como oblato (interno) en un convento comprometiéndose a profesar como monje en unos años más. Y ese fue el camino que siguió Nicolás.

En 1256 se da una Gran Unión de distintos grupos de ermitaños italianos, constituyéndose la Orden de San Agustín; dónde Nicolás haría personificar el espíritu de la orden recién nacida. Así pues en 1257 entra como interno en el convento agustino de su pueblo.

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A sus quince años, comenzó su noviciado en una formación filosófica y teológica, forjando su mente y espíritu para la vida sacerdotal y religiosa, y su físico alcanza la plenitud al convertirse en un joven notablemente más alto de lo normal, de manos delicadas y dedos bien formados, con rostro abierto a la sorpresa a través de grandes ojos almendrados. Años más tarde, el 4 de marzo de 1261 tras haber hecho su noviciado, profesa como Agustino.

Concluida su formación, Nicolás fue ordenado presbítero en 1269, consagrándolo el obispo San Benito de Cíngoli. Durante los siguientes seis años se cree que se dedicó a la predicación, sin tener una residencia fija, ya que era asignado por temporadas en distintos conventos, de acuerdo en dónde le tocara predicar.

Nicolás era de trato afable, muy accesible y caritativo, y todos le apreciaban y honraban. Sin embargo, su salud era frágil, hasta el punto de no resistir las incomodidades y continuos cambios del ministerio; por lo que sus superiores decidieron apartarlo de la predicación durante un año, mismo que dedicó al cargo de maestro de novicios.

En 1275 es destinado de forma estable al convento de Tolentino, donde residiría los treinta años que siguieron hasta su muerte.

Ayunaba cuatro veces por semana ingiriendo solamente pan y agua; y los días que no ayunaba llevaba una alimentación austera a base de verduras, legumbres y algo de pan.

Dormía poco, en un saco pequeño que se usaba para paja, sin almohada (en ocasiones utilizaba una piedra), sin sábanas o ropa de abrigo. Se flagelaba a diario con varas, disciplinas de cuerda o cadenillas de hierro. Utilizaba otras prácticas de penitencia mientras hacía su oración privada. Así mismo, reflejaba su pobreza como uniforme de gala en su único hábito remendado, pero limpio.

No tenía horario de rezos, pero se sabe que consagraba no menos de 15 horas diarias a la oración. Nunca descuidó la asistencia al coro, ni dejó de ir a misa (su verdadero alimento) después de confesarse cada día. La eucaristía era para San Nicolás un verdadero encuentro a cara descubierta con Dios.

También es considerado como el “Patrón de las Almas del Purgatorio”, y varios artistas lo representan con un brazo extendido hacia el cielo y otro hacia abajo donde brotan del purgatorio racimo de almas. Cuentan que una noche tuvo una experiencia mística en dónde se le apareció el alma de un religioso que había sido compañero suyo, quien vino a pedirle celebrara por él la misa, pues se encontraba sufriendo las penas del purgatorio.

Algo que también reconoce a éste santo son los “Panecillos Milagrosos” con los cuales abre su mano al pueblo cristiano. Se cuenta que cuando San Nicolás se encontraba en una ocasión, muy enfermo, al borde de la muerte, por inspiración divina pidió como medicina un trozo de pan empapado en agua, que al momento de probarlo sanó milagrosamente. A partir de entonces, empezó a bendecir trozos similares de pan y a distribuirlos entre los enfermos, produciendo grandes favores y sanaciones.

La fe de la gente ha hecho que esta tradición se mantenga a través de los siglos. Aún ahora, en varias Iglesias del mundo, se siguen bendiciendo y distribuyendo panecillos de San Nicolás, el 10 de septiembre, día en que se conmemora su fiesta.

Tampoco puede faltar “El Anuncio de la Estrella”, que una noche San Nicolás vio en el cielo, hacia el oriente en forma de un astro muy brillante que se encontraba justo sobre su pueblo natal, y que unos instantes después, se levantó y se situó sobre el oratorio del convento de Tolentino. Esa estrella era símbolo de su santidad, y anunciaba que en el sitio donde se detuviera, habría de morir el santo.

Finalmente San Nicolás pronto dejó de ver la estrella, y pasada la fiesta de San Agustín, ya no pudo levantarse. El día 8 de septiembre de 1305 pidió los santos sacramentos, y en la madrugada del día 10 de septiembre del mismo año quiso despedirse y pedirle perdón a la comunidad, y le solicitó al superior que le trajera el “Lignum Crucis”; lo recibió, lo besó y no le apartó la mirada hasta que expiró.

San Nicolás de Tolentino fue inscrito en el elenco de los santos por el Papa Eugenio IV en 1446.

Después de cuarenta años de fallecido, se encontró su cuerpo incorrupto y fue exhibido a los fieles, pero en esa ocasión trataron de robarse sus brazos, y una vez arrancados comenzaron a derramar sangre. Un siglo después fueron encontrados los restos del Santo, pero los brazos desprendidos se mantenían intactos, por lo que actualmente se conservan en relicarios de plata en el Santuario de Tolentino, y se dice que periódicamente siguen derramando sangre. Así mismo se cuenta con un cáliz de plata del siglo XV que contiene la sangre del Santo derramada por sus brazos.

En 1926 se colocaron las reliquias del santo en una figura simulada de su cuerpo vestida con un hábito Agustino, para ser apreciadas y veneradas por todos sus fieles en un relicario que fue bendecido por el Papa Pío XI.

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